Somalia, armas, “estado fallido” y piratas

Uno de los grandes focos de atención mediática en el continente africano durante las dos últimas décadas ha sido Somalia. Este país del Cuerno de África – una zona con la que no estoy muy familiarizado – ha estado en las noticias por una distintas razones, todas ellas negativas, aunque al mismo tiempo extrañamente representativas del momento dominante en el escenario global. La más reciente, aquí en España, ha sido la decisión de la ministra española de defensa de recomendar a los armadores de barcos pesqueros que contraten a empresas de seguridad privada para protegerse de la piratería existente en las costas. Esta decisión, aunque quizá sirva para proteger a barcos específicos, no va a solucionar el problema, sino que, avanzando hacia su total militarización puede conseguir que los conflictos en Somalia aumenten.

 Somalia ha estado a menudo en el centro de numerosos debates en relaciones internacionales, especialemente desde 1991-92 cuando se presentó al país como el modelo de “intervención humanitaria” que iba a dominar el mundo unipolar que siguió al fin de la guerra fría y a la primera guerra del golfo – “la guerra para acabar con todas las guerras” (G. Bush I dixit). Esta intervención – liderada por tropas estadounidenses – falló estrepitosamente (y de forma muy gráfica, como demostró el incidente del “Black Hawk Down“) y dejó como resultado un “estado fallido”, dominado por señores de la guerra. Así pasó Somalia, para los expertos en relaciones internacionales, la década de los 90, como un ejemplo de la fragilidad de los estados, y de las “nuevas guerras” que dominaban el mundo tras la caída de la URSS. Y como un estado fallido ha continuado durante la última década, pero con una novedad – dictada de nuevo por la situación global. Desde el 11-S, y especialmente desde el lazamiento de la “guerra contra el terror” de Bush II, Somalia se convirtió en uno de los centros mundiales del terrorismo islamista, presuntamente dando cobijo a miembros de Al-Qaeda, al mismo tiempo que creando sus propios grupos islámicos.

Soldados etíopes durante la invasiñon de 2006
Soldados etíopes durante la invasión de 2006

Fueron algunos de estos grupos, asociados  bajo el nombre la Unión de Tribunales Islámicos, los que en verano de 2006 tomaron control de la infame Mogadisco desatando, a finales de aquel año, las represalias militares por parte del Gobierno Transicional Federal – nominalmente aún en control del país (excepto las regiones autónomas de Puntland y Somaliland) – apoyado por una invasón de tropas etíopes y la participación de los Estados Unidos. De aquella invasión, que aunque logró controlar Mogadisco, lo hizo al precio – similar al pagado en 1992 – de inflamar las tensiones centrífugas de la sociedad, y de añadir más armas y dinero a las redes de los señores de la guerra,  emergieron dos nuevos actores – el grupo radical Al-Shabab (ligado a Al-Qaeda), y los famosos piratas que, aunque presentes en la zona durante siglos, convirtieron durante el invierno pasado el Océano Índico en noticia internacional.

Ha estado claro durante mucho tiempo para los distintos comentaristas que Somalia es un ejemplo de un “estado fallido”, o más incluso, inexistente. Son redes personales – basadas sobre todo en clanes familiares – las que controlan las armas y el dinero, y están por lo tanto al cargo del país. También es obvio para una mayoría de especialistas, que las distintas intervenciones militares por parte de los EEUU (ya sea directamente o a través de aliados) no hacen sino empeorar la inestabilidad del país, creando un suelo más fértil para “emprendedores de la violencia” – ya sean terrestres y de corte islamita, o marítimos e interesados en unos rescates ques se han ido haciendo más y más jugosos, durante el pasado años, especialmente tras el secuestro del petrolero Sirius Star.

 

El rescate de $3m llega volando
El rescate de $3m llega volando

Si algo parece enseñarnos la historia reciente de Somalia pues, es que militarmente no va a haber solución duradera para el país, sino sólo parches de más bien corta duración. Y sin embargo, la pasada semana demostró que son precisamente este tipo de soluciones las que parecen ser preferidas. Así, el pasado día 14 un helicóptero  americano mató a Saleh Ali Saleh Nabhan un presunto terrorista buscado desde 2002. Unos días antes Hilary Clinton se había comprometido a aportar 40 toneladas de armamento al gobierno nominal de Somalia, el GTF, liderado por Sheikh Sharif Sheikh Ahmad. Como respuesta a estas acciones dos ataques suicidas, organizados por Al-Shabab, mataron a 16 personas, incluyendo un comandante de las tropas de la Unión Africana con base en Mogadisco. Una serie de eventos, por tanto que no presagia nada bueno para el país y que probablemente no hagan sino aumentar la violencia el Somalia y complicar la vida de sus ciudadanos.

¿Existe el Congo?

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El pasado martes, día 8 de Septiembre, una pequeña noticia en algunos medios reseñaba la condena a muerte de dos ciudadanos (ex-militares) noruegos en la República Democrática del Congo (RDC). Los dos hombres, de 27 y 28 años, estaban acusados de haber asesinado a su chófer de un disparo a la cabeza. Ni quiero, ni puedo, hacer aquí ningún comentario acerca de este caso – los detalles del cual son totalmente desconocidos para mí. Me gustaría dar sin embargo mi perspectiva personal acerca del marco político en el que se puede encuadrar esta noticia.

Lo que llamó mi atención – ya que la noticia en sí no contiene nada extraordinario – es el constraste entre la innegable existencia de la condena a muerte de estos dos ciudadanos (y el reconocimiento de ésta por parte de la comunidad internacional), y la situación de un país que para algunos analistas simplemente no existe. En un artículo que levantó una gran polvareda publicado en Foreign Policy la pasada primavera, Jeffrey Herbsy y Greg Mills argumentaban que simple y llanamente “No Hay Congo”. Para estos la ficción – o “hipocresía” para Steven Krasner – de la soberanía nacional en el caso de la RDC se convierte en algo peligroso, y en la principal causa de los problemas del area centroafricana. Como consecuencia los autores defienden el abandono de toda pretesión jurídica y abogan por el abandono de Kishasha como intermediario, en favor de una más directa intervención internacional en las distintas regiones – especialmente en los Kivus (Norte y Sur).

Este artículo ha sido contestado a lo largo de la primavera y el verano por distintos comentaristas – por ejemplo Ali M. MalauTimothy Raeymaekers que han señalado que no sólo sí que existe el Congo,  sino que además una gran parte de los problemas y de la más que triste historia del país son resultado no de las acciones o caracteristicas del Congo en sí, sino de los distintos países (europeos y africanos) que han afectado y dirigido la suerte del país desde su colonización por parte del rey Leopoldo, pasando por el asesinato de Patrice Lumumba e incluyendo el expolio de las grandes riquezas naturales del país – diamantes, madera y más recientemenete coltán.

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Patrice Lumumba

Una de las respuestas más acertadas al artículo de Herbst y Mills es la dada por la reportera Delphine Schrank; para ella el Congo existe, al menos, en la mente de todos sus ciudadanos que se sienten congoleños. Esta claro que, como cualquier otra nación, el Congo es una “comunidad imaginada” (en la famosa frase de Benedict Anderson), que existe a pesar de la falta de infraestructuras y la constante guerra en su extremo oriental. Y es aquí donde, en mi opinión, este debate se encuentra con la noticia de la condena de los dos ex-militares noruegos. Porque una parte fundamental de imaginarse como comunidad es distanciarse de otras comunidades y, dada la historia del país, un elemento importante del emergente nacionalismo congoleño parece ser la desconfianza y el recelo hacia los extranjeros que tanto mal han hecho y tanto han robado a su país. Esto explica los aplausos de las sala al conocerse la condena a muerte y la orden de que los condenados además pagaran ¡¡$60 millones como compensación!!