África y China – ¿hacia donde?

Sin duda uno de los temas de mayor actualidad es la creciente presencia china en África; y en especial el espectacular aumento en la inversión de este país en diversas zonas del continente, que ha pasado de unos 3,500 millones de dólares en 1996 a unas 20 veces esta cantidad – cerca de los 70.000 millones de dólares según las estimaciones más conservadoras (otras la sitúan por encima de los 100,000). Esta irrupción en el continente – pues no puede definirse de otra manera – ha pillado muy por sorpresa a EEUU y la UE que habían sido los principales actores extranjeros en África desde el final de la Guerra Fría. Una posición de liderazgo que había permitido a Occidente dictar los términos en las relaciones políticas y económicas entre países durante los últimos 20 años. Sin entrar en detalles que compliquen necesariamente mucho este análisis (necesariamente breve), se puede decir que el modelo de democracia liberal, acompañado de una expansión del mercado capitalista, promulgado se había convertido en la única opción asequible para muchos países del continente. Así, las ayudas al desarrollo y los programas de cooperación han sido en su mayoría condicionadas a una mayor democratización y liberalización política – en la práctica la celebración de elecciones multipartidistas de dudosa transparencia. Al mismo tiempo los mercados europeos y americanos han continuado cerrados a las exportaciones africanas, impidiendo así un desarrollo más rápido y sostenible.
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Un trabajador chino construyendo un ferrocaril en Angola
Es en este escenario en el que la presencia de un nuevo y poderoso actor, como es China, se ha percibido como una verdadera revolución que ha dado pie a una gran atención mediática (como este artículo en El País) y a la publicación de numerosos libros. Una revolución cuyo signo no está aún claro – como muestran algunos de los títulos de estos libros (“China en África, ¿ayuda o arrasa?”), pero que sin embargo puede tener importantes consecuencias. Para algunos el cambio es marcadamente positivo ya que la creciente presencia china – y el modelo asociado con ésta – ofrece verdaderas posibilidades de desarrollo económico basados en la cooperación Sur-Sur. Por ejemplo el Presidente de Ruanda, Paul Kagame, alababa recientemente la presencia china en el continente, al mismo tiempo que mostraba su descontento con Occidente. Para Kagame la gran diferencia reside en que mientras Occidente ofrece ayuda al desarrollo, China invierte en el continente, constuye infraestructuras y firma acuerdos de colaboración con empresas africanas. China además, no interfiere en los asuntos internos de estos países, algo que según los partidarios de este modelo es simple respeto a la soberanía de estos países.
Para los detractores de la creciente presencia china, este respeto por la soberanía de países como Sudán o Zimbabue responde a un simple interés económico, y a la falta de respeto por los derechos humanos. China, argumentan estos comentaristas, se interesa sólo por los recursos del continente – en especial petróleo y minerales – que necesita para mantener su crecimiento económico. Es decir, una relación puramente extractiva e interesada por parte del país asiático que no presagia nada bueno para África, y que amenaza con detener los recientes progresos democráticos. Está claro que así expresadas ambas posturas son extremadamente simplistas y que analizar el impacto que este nuevo actor tendrá en el continente es algo extremadamente complejo. Desde el punto de vista económico por ejemplo, hay que diferenciar el diverso impacto que China puede tener en campos como las infrastructuras, la minería, el séctor energético, la producción agrícola, las industrias locales…ya que cada uno de estos sectores está siguiendo una trayectoria distinta (un ejemplo de este tipo de análisis, en español, es el publicado por Koldo Unceta Satrústegui y Eduardo Bidaurratzaga Aurre en la Revista de Economía Mundial el pasado año. Es necesario además examinar como la actual crisis económica puede afectar a las relaciones sino-africanas, ya que el panorama de hace dos años – caracterizado por el elevadísimo precio del barril de crudo (llegando a estar por encima de los $140, frente a los $75 actuales), así como de los alimentos y material primas en general – es maracadamente distinto al actual.
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El pasado año los sindicatos surafricanos se negaron a descargar un barco chino que transportaba armamento destinado a Zimbabwe
Pese al cambio de fortuna en el panorama económico – muchos países africanos han tenido durante los últimos años crecimientos anuales superiores al 5% que se han frenado en seco con la actual crisis – el debate alrededor de las actuaciones chinas continúa. Las noticias más recientes tienen que ver con los sangrientos sucesos del pasado mes en Guinea y las reacciones internacionales. Así, mientras la ONU ha condenado la actuación del régimen y la Corte Penal Internacional ha iniciado una investigación sobre los sucesos, Guinea ha anunciado que ha firmado un acuerdo con una empresa china por valor de 7.000 millones de dólares en la que ésta se comprometería a construir infraestructuras a cambio de tener acceso a las reservas de bauxita del país (las más grandes del continente). De ser cierta esta noticia – que aún no ha sido confirmado por las autoridades chinas – se trataría de un claro ejemplo de cómo el apoyo prestado por china sirve para mantener en el poder a gobiernos dictatoriales y corruptos. Pero como apunta Chris Alden, este tipo de acuerdos no son beneficiosos para China, ya que estos países no garantizan un escenario estable en el que las empresas chinas puedan desarrollar sus actividades a madio-largo plazo, ni tampoco concuerdan con la imagen positiva que quiere transmitir el gobierno chino, en especial dada la proximidad del 4º Foro de Cooperación China-África, que se celebrará en Egipto.
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Imagen de la 3ª Cumbre China-Africa
Queda claro pues que la presencia china en África es un proceso novedoso a la vez que extremadamente complejo. No se trata ni de un desinteresado apoyo a los países africanos en el nobre de la coperación Sur-Sur, ni de una simple relación de explotación, pese a la asimetría de poder en las relaciones entre países. Esta presencia tendrá numerosas consequencias, de las que destacaré dos de las más importantes. Por una parte la presencia china puede hacer que Occidente se replantee sus relaciones con África – dado que ya no es el único actor internacional relevante – lo que puede dar pie a una colaboración más estrecha, y quizás provechosa; algo que recomienda el editorial del periódico británico The Observer en su edición de ayer. Pero la pregunta más importante es qué efecto tendrá la creciente presencia china en el desarrollo político de los distintos países. ¿Se tratará simplemente de un socio alternativo con el que negociar las mejores condiciones? ¿O se dará pie quizás a nuevos discursos políticos – tanto internos como externos – que constituyan una alternativa al gastado modelo neo-liberal que ha defendido Occidente durante los últimos años, pero sin caer en un simple aumento de los régimenes dictatoriales como temen algunos comentaristas?

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